Anticipando el futuro | David Manzanas


Reflexión a cargo del pastor David Manzanas, Iglesia de Cristo, Alicante


“… y repartían el dinero según las necesidades de cada cual” (Hechos 2:45)
En la Carta a los Hebreos encontramos una de las, a mi juicio, mejores descripciónes de lo que significa la fe: “La fe es garantía de las cosas que esperamos y certeza de las realidades que no vemos.” Certeza y esperanza, garantía pero sin ver… Así de paradójica se presenta la fe. Un caminar hacía un futuro prometido y esperado pero que aún no llegamos a vislumbrar, a no ser en un sueño. Un largo caminar hacia un futuro que construir paso a paso; como el pueblo de Israel en su travesía del desierto, confiando y esperando en que la promesa de la tierra prometida fuese cumplida, se hiciera realidad en la historia.



El cantautor y poeta catalán Lluis Llach (para mí un referente de la cultura mediterránea de los tiempos presentes) escribió en el año 1979 un maravilloso poema llamado “SOÑAMOS”.  En uno de los versos, el poeta dice: 
“SOÑÁIS.
Sí, inevitablemente. El sueño de hoy como posibilidad del mañana.
ESPERÁIS DEMASIADO.
Pues sí, claro, y no nos avergüenza ser esclavos de la esperanza.”
El sueño de hoy como posibilidad del mañana, eso es la fe; ser esclavos de la esperanza, eso es la fe. Esperamos demasiado, si, porque la fe no nos permite vivir de rebajas, lo queremos todo, aunque tarde en llegar, lo queremos todo, aunque lo disfruten en su plenitud las generaciones que aún no han nacido. Pero eso es la fe, el sueño de hoy que abre la esperanza al mañana; el sueño de hoy que anticipa el mañana. Porque los sueños son para hacerlos realidad, no para aletargarnos en fantasías narcotizantes que nos separan de la realidad. La fe, en su dialéctica del “ya, pero aún no”, anticipa la realidad de lo soñado mientras camina hacia él. Antes cité a un poeta catalán, ahora citaré a uno aragonés, otro de mis referentes culturales de hoy, José Antonio Labordeta que, en 1971, escribió el “Canto a la libertad”, y dice en una de sus estrofas:
También será posible
que esa hermosa mañana
ni tú, ni yo, ni el otro
la lleguemos a ver;
pero habrá que forzarla
para que pueda ser.
Esa es la fe, la fuerza que nos impulsa a vivir nuestra esperanza, empujando nuestra historia hasta la culminación de lo esperado.
Jesús de Nazaret, al que proclamamos desde la fe el Cristo, el Mesías, nos mostró con su vida que otro mundo es posible; un mundo donde no cabe la marginalidad, donde el primero es el que sirve, donde el Señor es quien lava los pies de sus discípulos, donde la muerte no tiene la última palabra, donde la igualdad es la norma de relación entre las personas. Un mundo donde los ancianos tienen ilusiones y los jóvenes sabiduría, donde el mal es vencido con la práctica del bien, donde la libertad se expresa en el servicio a los más débiles. Y ese mundo, que hoy no es, que hoy se muestra como un sueño, desde la fe en el Cristo Resucitado aparece no como un sueño narcotizante como el opio, sino como el sueño anhelante de la posibilidad del mañana prometido. Ese sueño habrá que forzarlo, día a día, para que pueda ser. Forzarlo con acciones que apunten hacia él, como pasos en el desierto para acercarnos a la Tierra Prometida.
La iglesia que surgió del acontecimiento de Pentecostés en Jerusalén, lo entendió de manera nítida, y aspiró a vivir con las pautas de ese Reino que Jesús había anunciado y dibujado en el Sermón del Monte. Y dejaron de considerar que lo que cada uno tenía, lo que siempre se había considerado como “lo suyo, lo de cada uno”, era de propiedad exclusiva, para entender que, en la justicia del Reino, somos mayordomos, administradores de lo que tenemos para llevarlo a otros que carecen de ello. Y vendieron sus propiedades para distribuirlas entre los necesitados. Pero aún dieron un paso más: no hicieron un reparto “aséptico”, lineal, dando a todos lo mismo, sino que “repartían el dinero según las necesidades de cada cual”, mostrando así su convicción de que la verdadera igualdad no está en que todos reciban lo mismo, sino en que todos vivan con la misma dignidad y las mismas capacidades de desarrollar su vida en servicio a los demás. Esa convicción, propia del Reino Mesiánico, implica el dejar de lado criterios de merecimiento o derecho, para comenzar a aplicar los criterios de necesidad e igualdad, de justicia y solidaridad, que son valores del Reino.
Desafortunadamente, no ha sido siempre la Iglesia vanguardia en esa vivencia del Reino y sus valores. En ocasiones (muchas ocasiones) han sido otros los que han “empujado a la historia “ para que puedan ser realidad los valores del Reino proclamado por Jesús de Nazaret; nada nuevo, por otra parte, el mismo Maestro lo dejó claro cuando dijo “si estos callan, las piedras hablarán”. Gracias a Dios, las piedras, a lo largo de la Historia, han hablado, y con ellas, aunque a veces tarde, aunque a veces con equivocaciones y tropiezos, aunque a veces en las catacumbas y la clandestinidad, la Iglesia de Cristo, aquella que Karl Barth y Dietrich Bonhoeffer llamaron “Iglesia Confesante”, ha seguido soñando como posibilidad y anuncio del mañana. 
Desde esa mirada de acciones que apuntan a un mundo más justo y solidario, me congratulo con decisiones como la implantación en el Estado Español del Ingreso Mínimo Vital, como una medida, sin duda incompleta por sí sola, que apunta a un mundo donde la pobreza y la marginación económica y educativa sean erradicadas. Aunque la Conferencia Episcopal Española no sea capaz de verlo como un signo profético de la acción de Dios que empuja la historia a la vivencia de su voluntad. Tampoco lo entendieron los sacerdotes y siervos del Templo en tiempos de Jesús. Es lo grandioso del Espíritu, que a veces nos sorprende actuando fuera de donde lo esperamos. Como hizo con un rey Persa para liberar al pueblo de Israel del exilio en Babilonia. 
Que Dios nos libere de nuestras dificultades para vivir en este mundo el sueño profético de hoy como promesa del mañana esperado y que sepamos comprometernos con la historia, empujándola para que pueda ser un día una realidad de vida. 

Amén.

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